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Picasso suscitó, desde joven, la admiración de sus compañeros y colegas, que veían en él a un artista destinado a un gran futuro. Primero, en Barcelona, el artista se relaciona con numerosos artistas, con quienes forma una ruidosa cuadrilla de amigos (los hermanos Fernández de Soto, Manolo, Casagemas, Sabartés, los hermanos Reventós, Canals, Pallarès…). En el entusiasmo de aquellos años, no dudan en intercambiarse dibujos para reforzar su amistad y ganarse a un tiempo la admiración del artista.

Picasso conserva también, de sus primeros años en París, obras en papel que le dan sus nuevos amigos, como el poeta Max Jacob (con quien comparte durante un tiempo el mismo techo), el pintor André Derain (íntimo de Picasso desde finales del año 1906), el escritor André Salmon (testigo privilegiado de la creación de las Demoiselles d’Avignon), o Guillaume Apollinaire. Gracias a esos retratos más o menos hábiles de Picasso, nos hacemos una idea de la gran importancia que se le daba al pintor en los círculos de Montmartre. Mucho más tarde el pintor americano Mark Tobey dejará testimonio de su admiración por el maestro a través de unos grabados.

Por último, Picasso, que lo guarda todo, conserva también unas caricaturas que le hizo Jean Cocteau durante su estancia en Roma en febrero de 1917 (durante la que ambos prepararon los decorados y vestuario de Parade para los Ballets Rusos). Totalmente inéditas, se presentan por primera vez en esta exposición.

 

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