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Matisse y Picasso, considerados dos de los grandes pintores del s. xx, han sido, a menudo y precisamente por ese motivo, calificados de rivales. Parecidos en sus audacias pero profundamente singulares, se admiran en silencio, en tanto que permanecen permeables al clima artístico de la época: “Era un momento de nuevas adquisiciones. Fauvismo, la exaltación del color; precisión del dibujo debida al cubismo; visitas al Louvre e influencias exóticas a través del Museo Etnográfico del antiguo Trocadéro; todo eso modeló el paisaje en el que vivíamos, en el que viajábamos, y del que salimos todos nosotros.” (Matisse, 1952).

Pese a que uno y otro están al acecho de sus respectivos avances en una emulación que les empuja a simplificaciones radicales, no se copian. Porque el desafío es inventar, siempre y aún más: “El estudio de un pintor debe ser un laboratorio. Nuestro oficio no consiste en imitar, inventamos. La pintura es un acertijo” (Picasso, 1945)

Warnod, André, « ‘En peinture tout n’est que signe’, nous dit Picasso », Arts, 29/06/1945
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A partir de la segunda guerra mundial, hay un acercamiento entre ambos, los intercambios de obras se multiplican antes de que empiecen a intercambiar palabras: “Nunca nadie ha mirado tan bien como yo la pintura de Matisse. Y él, la mía...” (Picasso a Pierre Daix)

Daix , Pierre, Picasso créateur. París, Seuil, 1987
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