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Esta sección incluye obras que encarnan los orígenes del movimiento moderno. Sus autores son una o dos generaciones anteriores a Picasso. No hay ningún impresionista, sino pintores –Degas, Gauguin, Seurat, Vuillard– que, por el contrario, quisieron desmarcarse de un movimiento que aquí brilla por su ausencia. Una ausencia significativa. En efecto, Picasso es de una generación que rechaza el impresionismo y sus avatares tardíos, pues comparte la afirmación hecha por Apollinaire en 1908: “Ahora es el momento para un arte más noble, más mesurado, mejor ordenado, más cultivado.”

Ya hacia 1888 Gauguin auguraba el sintetismo (colores lisos y puros firmemente contorneados), un procedimiento recuperado por los nabís (Vuillard, La nana: Marie Roussel en la cama). Seurat, al igual que los neoimpresionistas, comparte también ese deseo de orden. En 1913, Apollinaire alabará una técnica que “ponía orden en las novedades impresionistas”

Apollinaire, Guillaume, Els Pintors cubistes, meditacions estètiques. Barcelona, Quaderns Crema 2000
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Picasso admiraba a Van Gogh, figura emblemática del genio, cuyas apasionadas transposiciones de la realidad se alejan de las serenas visiones de los impresionistas. Van Gogh no está aquí, pero le sustituye, a su manera, La viña de Van Dongen, con su nota expresionista. Nos queda Degas: su dibujo virtuoso se fundamenta en expresivas deformaciones. Sus robustas criaturas ofrecen un contrapunto grosero al mundo aristocrático de los hipódromos.

En definitiva, todos rechazan el ilusionismo pictórico en beneficio de esa “visión organizada subjetivamente” preconizada por Picasso 

Bernadac, Marie-Laure, Michael, Androula, Picasso, propos sur l’art, París, Gallimard, 1998
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