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Le Nain, Chardin, Corot: estos son algunos de los antiguos maestros que, a priori, no esperamos encontrar entre las obras de Picasso, hasta tal punto parecen pertenecer al pasado. Pero, para Picasso, sus obras están muy vivas, son la expresión sensible de artistas sinceros y, en este sentido, son muestra de una pintura pura, teñida en ocasiones de torpeza: “Esta gente tenía muchas ideas sobre la composición, pero no las seguían nunca hasta el final; las perdían de vista por el camino. De todos modos, tal vez sea esa torpeza lo que les da su encanto”, señala Picasso a propósito de los Le Nain

Bernadac, Marie-Laure, Michael, Androula, Picasso, propos sur l’art, París, Gallimard, 1998
. Pero también pensaba en La Tour, Zurbarán e incluso Velázquez...

En estas obras, en las que se alían nobleza y trivialidad, encontramos ese contacto franco y sobre todo inventivo con la realidad a la que Picasso se mantiene unido: “Nunca he estado fuera de lo real. Siempre he estado en el núcleo de lo real.” En efecto, guitarras, pipas, mesas y botellas delimitan su universo, incluso –¡y sobre todo!– en la fase más abstracta del cubismo.

Por lo tanto, la modernidad de un Picasso se adapta perfectamente a la herencia de los maestros. Ni sumisión servil ante ellos, ni ruptura a cualquier precio. “Desde el punto de vista del arte, no hay formas concretas ni abstractas; sólo hay formas que son mentiras más o menos convincentes”, afirma Picasso por su parte. Y es que este arraigo en la realidad no impide –bien al contrario– la mayor libertad.

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